Bates Motel: ver o no ver, esa es la cuestión…

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Por Espe Otero

Bates Motel

Bates Motel, una especie de precuela de Psicosis , va por su sexto capítulo y todavía no sé si me gusta o no. Uno no se aloja en Bates Motel cómodamente con su manta y sus palomitas y la disfruta. No. Uno se monta en ella como en una montaña rusa de “¡Oh Dios Míos!” y “¿¡Pero qué co**jones!?”. Y eso no suele salir bien.

Para cualquier fan de Hitchcock la serie es atrayente de por sí: ¿cómo llegó Norman Bates a ser lo que es? ¿Qué oculta la inquietante voz de su madre? El primer capítulo no decepciona, desde luego, y mejor elenco no podían haber elegido. Freddie Highmore (Norman Bates) es tan bueno que no quiero ni conocerle, por si acaso.  Vera Farmiga  (Norma Bates) es espectacular. Emmys, Globos, Grammys, Goyas… lo que sea, pero ya. Lo valen. Incluso Max Thieriot (Dylan “casi Bates”) aporta algo a la familia: es la aguja de realidad que rompe la burbuja de codependencia y expectativas desorbitadas en la que viven los dos protagonistas. Pero en la burbuja termina la magia. Fuera del motel la serie pierde pie y es algo que entiendo y no entiendo.

Los Bates

ENTIENDO que es complicado llenar 42 minutos semanales de drama familiar, especialmente cuando solo hay tres miembros, aunque se apelliden Bates y sean más disfuncionales que los Soprano y  los Morgan juntos.

ENTIENDO el ansia por actualizar “clásicos”  cuando, en contra de lo que pueda parecer, el ambiente está bien construido. Como le ocurre al Sherlock de la BBC, Bates Motel genera en el espectador una extraña de sensación de intemporalidad. Entramos  en el motel y nos situamos mentalmente en unos años 60 donde la gente usa smartphones, entramos en el 221B de Baker Street y nos encontramos las chaquetas con chorreras de Mrs. Hudson junto a un portátil último modelo. Y no pasa nada.

ENTIENDO que si un protagonista es adolescente, adolescentes verán la serie y “cosas de adolescentes” hay que ofrecerles. Aunque a veces hay que tener claro quién es tu verdadero público y no tratar de “serranizar” las cosas, metiendo tramas hasta para el gato.

NO entiendo qué pretenden haciendo que las relaciones de los personajes fuera de la familia sean tan sumamente irreales (muy desesperadas deben estar las chicas del pueblo para colarse tan rápidamente por el rarito nuevo, por no hablar del mafioso de buen corazón que llora por su jefe mientras ve un striptease). NO entiendo el ansia de las series por hacernos creer que todos los pueblos idílicos son en realidad la puerta al infierno (véase la británica Broadchurch o la francesa Les Revenants, por citar dos ejemplos recientes y dispares). NO entiendo la necesidad de la trama detectivesca juvenil. NO entiendo que, salvo la familia, todos los personajes tengan encefalograma plano.

En definitiva  no entiendo por qué la serie es tan irregular si parte de una premisa aparentemente tan buena y unos creadores tan solventes. A veces, más que un producto concebido uniformemente, da la impresión de ser el resultado de un juego extremo de “Cadáver Exquisito”, algo así como Pretty Little Liars meets Weeds meets Psycho meets… whatever, prácticamente. Solo les falta el oso polar. Pero luego llegan esos momentos de genialidad y se perdona todo. De momento.

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